La misericordia como experiencia del sufrimiento propio y ajeno. EPJ2014

Aún con el corazón agradecido por la confianza depositada por los organizadores y cada uno de los participantes del taller, compartimos lo que quisimos facilitar a vivir en aquel momento y ojalá abriendo a alguien a la práctica…

Partimos de una premisa:
“Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”
Y de ahí las palabras clave:
SED: La compasión es en el ser, acontece en el ser de la persona, no se puede reducir al hacer. La compasión es una forma de estar en la vida, una manera de existir. Estar en la vida como Jesús de Nazaret, aliviando el sufrimiento. Así somos invitados por Jesús a estar en la vida a vivir nuestra existencia siendo compasivos. Dice NyanaponiKa Thera, un sabio: “la compasión es la que abre la puerta a la libertad, la que hace el corazón pequeño tan grande como el mundo.”
COMPASIVOS: Es el sufrir juntos, y como el sufrimiento es universal, la compasión es comunitaria y universal, es tratar con las emociones, un sentimiento que se manifiesta
a partir del sufrimiento de otro ser, o del propio ser (Ama a tu prójimo como a ti mismo), tú mismo eres sujeto de compasión, no sólo agente que se compadece. Y ESO ES AUTOCOMPASIÓN… Los tres componentes de la autocompasión  son: Bondad o amabilidad hacia uno mismo; sentido  de humanidad compartida y atención plena, en el presente,
atenta. La Bondad: nos abre el corazón al sufrimiento, de forma que nos podamos dar lo que necesitamos. La Humanidad compartida: nos abre a los demás. Esto es por lo que
sabemos que no estamos solos y que el sufrimiento forma parte de la naturaleza humana. A través de nuestro propio sufrimiento podemos sentirnos unidos a otros en su dolor y
lo podemos comprender y amar. La Atención plena: conciencia atenta al momento presente, de forma que podamos aceptar nuestra experiencia con mayor facilidad, sin caer en el rechazo ni en la identificación con el sufrimiento.
Esto no significa que sufrimiento y compasión vayan de la mano, no podemos darlo por supuesto, y es que el sufrimiento nos genera emociones de las que solemos querer
huir, lógico, para protegernos. Es esa percepción del sufrimiento y el deseo de aliviarlo, reducirlo y hasta eliminarlo.

PADRE: El compasivo. El Dios de Jesús, su Ser es compasivo,  no sólo en la identidad como Dios, sino en su existir, su Ser Siendo “Soy el Que soy”, es decir, Yo estoy con vosotros
siempre como el que Soy. Dios es, siendo compasivo. En Él la compasión no es un ejercicio de solidaridad, un quehacer  como Dios. El Compasivo es su nombre, su identidad y misión a la vez. La fuente de la compasión es Dios. Dios habita en nosotros: “El Espíritu de Dios habita en vosotros, sois templo del Espíritu Santo”. El que guarde mi Palabra Mi Padre lo amará, yo también le amaré y vendremos a Él y haremos morada en Él”. El Padre y Yo somos uno”.
La meditación nos lleva a la fuente original de la compasión. Dolor no es lo mismo que sufrimiento y aquello a lo que nos resistimos, persiste. Aunque nuestra sociedad medicalizada, dolor y sufrimiento se suelen utilizar indistintamente como términos sinónimos, son fenómenos distintos. El dolor requiere una aflicción física y se manifiesta de muchas formas: puede ser agudo, punzante, penetrante. El sufrimiento, en cambio se refiere a un estado de preocupación o agobio psicológico, típicamente caracterizado por sensación de miedo, angustia o ansiedad. Lo característico del sufrimiento es la sensación de amenaza. Sufrimos por muchas razones de distinto calado.
Surge la vivencia de sufrimiento cuando se reúnen dos condiciones:
la persona percibe un estímulo o situación como una amenaza importante para su integridad física, psicológica, o espiritual y además se siente impotente, sin recursos para hacer frente a dicha amenaza. Así pues se puede experimentar dolor sin sufrimiento y sufrimiento sin dolor.
Hay una fórmula simple que capta nuestra respuesta instintiva al dolor:
Dolor x resistencia =sufrimiento
Dolor hace referencia a la incomodidad inevitable que  acontece en nuestras vidas: un accidente, una enfermedad, la pobreza, el dolor de otros, la muerte de algún ser querido.
Resistencia se refiere a cualquier esfuerzo por protegerse del dolor, como tensar el cuerpo o dar vueltas sin cesar al modo de lograr que el dolor desaparezca. Sufrimiento es lo
que resulta cuando nos resistimos al dolor.
El sufrimiento es la tensión física y emocional que añadimos a nuestro dolor, capa sobre capa. En esta fórmula, la manera en la que nos relacionamos con el dolor determina cuánto
sufriremos. Cuando nuestra resistencia al dolor se reduce a cero, lo mismo ocurre con nuestro sufrimiento.
El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Parece que cuanto más intenso es nuestro dolor emocional, mas sufrimos obsesionándonos, culpándonos y sintiendo nuestras
limitaciones. La buena noticia es que dado que la mayor parte del dolor de nuestra vida es en realidad sufrimiento podemos hacer algo con ello. Y ese algo, es la compasión, y
para ello el silencio y la meditación.
Esos medios pequeños para dejar a Dios ser Dios, para dejar a Dios ser en nosotros. Porque Dios Es compasivo, es la compasión, la misericordia amorosa. Y para que sea, callar…
y abrir la mente, el corazón.
La meditación nos lleva a la fuente original de la compasión, Dios. Y para eso la meditación… el camino de soltar, al ser, la vuelta a casa, y dejar Ser.

La cantidad de experiencias y su intensidad solo sirve para aturdimos. Vivir demasiadas experiencias suele ser perjudicial. El ser humano no está hecho para la cantidad, sino
para la calidad. El silencio es solo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada en especial. Cuando decimos «nada», pero muy bien podríamos también decir «todo».
Todo puede servir para construirse o para destruirse y, en este sentido, cualquier cosa es digna de meditación, cualquier cosa que escuchemos, observemos o hagamos pueden servir para cualificar la meditación y, en definitiva, para robustecer mi carácter. Caminar estando atentos, por ejemplo, o lavarse los dientes estando atentos: percibir el fluir del agua, su refrescante contacto en las manos, el modo en que cierro el grifo, el tejido de la toalla... Cada sensación, por mínima que parezca, es digna de ser explorada. La iluminación (es decir, esa luz que ocasionalmente se enciende en nuestro interior, ayudándonos a comprender la vida) se esconde en los hechos más diminutos y puede advenir en cualquier momento y por cualquier circunstancia. Vivir bien supone estar siempre en contacto con uno mismo, algo que solo fatiga
cuando se piensa intelectualmente y algo que, por contrapartida, descansa y hasta renueva cuando en efecto se lleva a cabo. La calidad de la meditación se verifica en la vida misma, ese es el banco de prueba. Por eso, ninguna meditación debería juzgarse por cómo nos hemos sentido
en ella, sino por los frutos que da. Más aún: meditación y vida deben tender a ser lo mismo. Medito para que mi vida sea meditación; vivo para que mi meditación sea vida. No
aspiro a contemplar, sino a ser contemplativo, que es tanto como ser sin anhelar.
La meditación es algo así como una rigurosa capacitación para la entrega. De manera que no hay que inventar nada, sino recibir lo que la vida ha inventado para nosotros; y luego, eso sí, dárselo a los otros.
Así que esto hicimos, silencio para dejar ser, meditación con la respiración, meditación con un amigo compasivo, meditación con alguien que está sufriendo… que puedo ser yo mismo. Y dejar espacio para dejar a Dios ser en cada uno y una de nosotros, para ser Quien soy.

Luis Carlos Oliden y Teresa Peña.

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