Nancy, Ibert, Sonia y Mario

El nombre de Nancy sugiere la muñeca que nace a la vida en la caja de cartón de una juguetería, contemplada y deseada por su próxima pequeña dueña, separadas sólo por un vidrio, un plástico y un poco de dinero; pelo rubio anglosajón, medidas perfectas en miniatura y compañera inseparable para imaginar  fantasías infantiles.

Quizás los padres de la Nancy que yo he conocido soñaron para ella, al nacer hace 17 años, un futuro feliz, eligiendo este nombre como vacuna que inmunizara a su hija de los dolores del altiplano. Pero la realidad es otra, como su cabellera, negra en la inmensa mayoría de las jóvenes alteñas.

A Ibert Félix lo conocí hace cinco años, cuando él tenía 15 y yo era su profesor de religión en el colegio San Sebastián. De aquel tiempo recuerdo, como en neblina, su desmotivación. Participó algún tiempo en el centro juvenil Utasa,  para ir perdiéndonos hasta ahora. Los relatos de sus hermanas  me informan de su afición por la ropa negra, su gusto por usar su propia sangre como tinta para escribir extraños mensajes en papeles de su habitación, tal vez sólo  pronosticados y comprendidos por sus amigos de Facebook.  

El relato de Sonia, 15 años, lo escucho a través del director de su colegio Bolivia Mar, simultáneamente a multitud de profesores y profesoras apretados en la sala de dirección. Es una narración llena de detalles y emociones, sobre lo vivido por Sonia en las últimas semanas, en base a informaciones de sus profesores, su madre, hermano, mejor amiga y miembros de la junta escolar. El director, don Santiago, intenta explicarnos lo inexplicable. 

El nombre y el rostro de Mario Esteban los he conocido hoy por primera vez. Veintiún años, vecino del barrio Cristal. Con adultos y jóvenes a su alrededor, sólo he querido saber de él lo justo, además de lo evidente.

¿Qué tienen en común estos cuatro jóvenes?

Quienes contemplamos sus vidas, tanto sus familias, educadores, compañeros, amigos o amigas,  debemos reconocer que  “nunca estamos preparados para lo inesperado”.

Son jóvenes alteños, entre 15 y 21 años, vecinos de Senkata, y “feligreses” del amplio territorio perteneciente a la parroquia Santa Clara de Asís. 

Entre agosto y septiembre han decidido quitarse sus vidas. Vidas colgadas de un hilo de metal, o abrazadas al precipicio. 

A los cuatro, uno tras otro, casi semana a semana, y rodeado de gente, les he proclamado estas palabras: “¡joven, a ti te digo, levántate!”. Todos constatamos, entre lágrimas, que no se han movido de sus cajones.

Su desesperación hasta el extremo nos enmudece; su soledad incomunicable denuncia el fracaso de nuestra escucha, cercanía y comprensión. Su final nos urge a prevenir nuevas tragedias, reduciendo las inmensas situaciones de riesgo de tantos adolescentes y jóvenes alteños.

 

Sus nombres están tatuados en la palma de la mano de Dios. Con ella abierta nos implora: “Ni un@ más”.

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