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Hoy hemos empezado la mañana con la intervención del Moderador General del Movimiento: Fermín Marrodán. Ha compartido con nosotros en su intervención sus inquietudes y propuestas del momento actual: la importancia de agradecer el impulso del Espíritu en nuestro movimiento, actitudes y disposiciones fundamentales en este momento de renovación, y la propuesta a dar el salto, pasar a lo desconocido, dejar la tierra conocida para abrirnos a una realidad más profunda: el amor se abre a un Dios que desea ser en todos.

En este artículo compartimos con vosotros un extracto de su charla denominado:


EL MUNDO RECLAMA OTRO RUMBO.

En este tiempo hemos intentado mirar la realidad a la luz del Espíritu y descubrir que lo nuevo va aconteciendo en esta historia, en las luchas y sufrimientos de los pueblos por una justicia y dignidad mayores. Lo nuevo se está gestando permanentemente, muchas veces sin que lo percibamos, entre los más débiles e insignificantes, en los más abiertos a los cambios. Lo nuevo acontece entre los pobres y los jóvenes, en muchos lugares donde la humanidad clama y gime con dolores de parto.

Vivimos en una época de grandes convulsiones sociales, donde surgen voces y movimientos que “gritan” por los derechos de los más empobrecidos y de los pueblos más aplastados; donde se reclama una mayor igualdad de oportunidades y se exige el respeto a la diversidad. Vivimos en un mundo de grandes diferencias económicas y sociales, que urge cambios radicales.

Los gemidos de tantos excluidos de hoy, jóvenes y pobres, son sobre todo gemidos y gritos de quienes sufren dolores de parto, son gemidos de vida, de posibilidad y de futuro. Son clamores de quienes, con toda la creación, gimen anhelando una vida nueva. Ese grito nos llega y nos mueve al mismo tiempo; pide una mayor sensibilidad para compartir sentimientos, dolores, esperanzas; una actitud nueva para compartir y caminar juntos.

Junto a ello, reconocemos en muchos países una ciudadanía que, harta de tanta injusticia instalada y corrupción impune, lucha y se moviliza para generar cambios profundos en el sistema económico y político. Es un estímulo ver que en esa lucha hay hermanos y hermanas comprometidos, impulsando junto a otros una organización social nueva.

En todo ello podemos percibir hambre y sed de vida auténtica, de futuro, de esperanza, de búsqueda de alternativas a lo establecido; un clamor cada vez más fuerte y extendido que reclama transformaciones profundas y radicales. Asistimos a la gestación de una nueva época, que trae consigo transformaciones e incertidumbres….

Y en esta realidad queremos seguir viviendo a fondo nuestra vocación, tal y como decíamos en el documento final de la IX Asamblea: Sobre las aguas del mar de la historia actual, con sus signos de muerte y de vida, queremos navegar junto a los jóvenes y los pobres: dando vida, construyendo Reino, siendo presencia samaritana en fraternidad servicial y convocante.

No puede ser de otra manera, no podemos vivir aislados, distanciados, indiferentes en nuestro pequeño mundo; sino presentes, cercanos, implicados, involucrados, comprometidos. Situarnos así es estar metidos en la realidad, abiertos a lo que Dios nos mueve desde ellos, dispuestos a cambiar lo que haga falta.

 

Los jóvenes y los pobres reclaman un cambio. Se preguntan cómo es posible construir un futuro mejor sin pensar en los sufrimientos de los excluidos. Los jóvenes y los pobres son voz de Dios que clama ante:

-  La injusticia instalada y consentida; y la desigualdad vergonzosa que genera un abismo entre ricos y pobres.

-  Las guerras fratricidas, provocadas por intereses económicos y armamentísticos. Y la hipocresía de una sociedad occidental que asiste impertérrita a genocidios e inhumanidad con una ceguera y cerrazón culpables.

-   El abuso de los poderosos y la manipulación de la información

-   La violación de los derechos humanos

-   Un estilo de vida que confunde la felicidad con el éxito y el consumo.

“Muchas cosas tienen que reorientar su rumbo, pero ante todo la humanidad necesita cambiar. Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Esta conciencia básica permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Todo ello entraña un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración” (LSi 202).

Pero sobre todo tanta gente que sufre necesita percibir algo nuevo, signos de esperanza… autenticidad de vida. Nuestro mundo necesita oír más que nunca una Palabra que permanece, se cumple y crea vida. 

En este momento crucial de la historia de nuestros pueblos,  nuestro mayor pecado sería dejar de contagiar vida y esperanza a todos los que nosrodean y están amenazados por esta cultura de la muerte y de la supervivencia del más fuerte. Nuestro mayor pecado sería encerrarnos en nosotros mismo, lamentando tiempos mejores.

En este sentido vivimos con alegría y agradecimiento el testimonio del Papa Francisco, sus palabras y gestos proféticos que nos estimulan a acoger la novedad del evangelio; agradecemos su llamada a realizar los cambios necesarios en la Iglesia y en cada comunidad para responder al inmenso anhelo de vida nueva en tantas periferias de nuestro mundo. Compartimos con muchas personas y comunidades un proceso de renovación y cambio en una Iglesia que quiere ser fiel a Jesús y a su misión en el mundo.