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Sin duda que, en el Ecuador y en el mundo, hemos conocido tiempos mejores, en los que la bonanza económica parecía cubrirnos a modo de paraguas protector. Pero, casi sin darnos cuenta (siempre cuesta aceptar el fracaso) la economía mundial y local se tambalearon y caímos de bruces en la crisis. Ahí seguimos, especulando posibles salidas y recuperaciones. Al final no va quedando otra que llamar a las cosas por su nombre y tomar medidas que parecían imposibles hace pocos meses.

Todo parece indicar que la crisis financiera no es sino la punta del iceberg de una crisis mucho más profunda, más política, humana y ética. No deja de ser curioso que en momentos así, cuando la vida de los pobres y de las clases medias se siente más amenazada, la corrupción expanda sus tentáculos y nuestros administradores roben con tanta alegría. Ojalá que no sea de manera impune.

Ojalá que las medidas vayan en la dirección de las palabras y que no solo la ingeniería económica, sino la ética nos ayuden a salir del agujero.

Nuestra sociedad ecuatoriana y latinoamericana fustigan a las grandes potencias que consumen descaradamente toda la energía posible. No nos damos cuenta de que también nosotros somos parte del daño. Mientras el petróleo llenaba las arcas del Estado, derrochábamos con la inconsciencia de un adolescente, presumíamos de ser los mejores de la clase, incapaces de dialogar con el resto de los pigmeos. Cuando comenzó la dura batalla y no nos salían las cuentas, nos dijeron con enorme desparpajo que la crisis no nos afectaría porque nuestra economía seguía siendo una maravilla. La alegría nos duró poco y hoy nos toca reconocer que los tiempos son duros y que hay que recortar y comenzar a apagar los bombillos de la fiesta. Una vez más, mi gran temor es que los más pobres paguen los platos rotos.

Escuchar al presidente Moreno es un consuelo. Ojalá que las medidas vayan en la dirección de las palabras y que no solo la ingeniería económica, sino la ética nos ayuden a salir del agujero. La justicia y la equidad, la libertad y la participación, la austeridad y el ahorro, el cuidado de los pobres, las virtudes ciudadanas… nos permitirán salir adelante.

En este momento cabe recordar que la riqueza no compartida es injusta y que el dinero robado a los pobres es un crimen. Por eso, las políticas de dominación, de derroche y de falta de control claman al cielo. Gastar a lo loco, sin invertir y producir lo suficiente, sin liberar a la gente de la pobreza en la que vive, nos condena a un permanente populismo. Hoy necesitamos recuperar categorías que andaban un poco perdidas: ética, austeridad, sencillez de vida, inversión productiva, trabajo, ahorro, solidaridad e integración. Son parte de la racionalidad económica y constituyen toda una opción espiritual.

No es el fin del mundo. Por eso, lo importante es decirnos la verdad y recuperar la humildad (la bendita humildad) que nunca deberíamos de haber perdido. Toca promover políticas de concertación para avanzar en la justa dirección.

Autor: Julio Parrilla. Obispo de Riobamba y miembro de Adsis.

Fuente Original: El Comercio