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Cuando se cumplieron los días de la purificación prescrita por la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como prescribe la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor. Ofrecieron también en sacrificio, como dice la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones.
Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías enviado por el Señor. Vino, pues, al templo, movido por el Espíritu y, cuando sus padres entraban con el niño Jesús para cumplir lo que mandaba la ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo:
Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar que tu siervo muera en paz.
Mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado
ante todos los pueblos,
como luz para iluminar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel.
Su padre y su madre estaban admirados de las cosas que se decían de él. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
-Mira, este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel. Será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón; así quedarán al descubierto las intenciones de todos.

Fecha: 
Viernes, Diciembre 29, 2017
Cita de la oración: 
Octava. 29 de Diciembre Navidad
Comentario: 

Conocer, amar y manifestar a Jesús es tarea del Espíritu en nosotros. Simeón es un hombre abierto al Espíritu y a la esperanza. Por esto reconoce a Jesús, lo tomó en sus brazos y lo manifestó como Salvador del mundo.

Que Jesús sea siempre para cada uno de nosotros luz que nos alumbra y gloria suprema de la comunidad.