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Al despedirme de cada uno de ustedes quisiera dar gracias a Dios por el tiempo compartido, por lo vivido, por lo aprendido y por la fe renovada en contacto con la fe sencilla y confiada de tantos niños, jóvenes y adultos. Gracias inmensas a Dios por estos años en El Alto y Bolivia.

Quisiera que todo lo compartido no se perdiera en el olvido, y por eso pido a Dios un deseo, que confío me conceda con la intercesión de todos ustedes. Mi deseo es que mi vida se transforme en la puerta del sol, símbolo de la cultura aymara.

    He tenido la suerte de contemplarla varias veces al visitar Tiwanaku, y de conocer su historia y su significado.  Como esa puerta, quiero que la vida que me quede esté abierta para que, quien lo desee, pueda entrar y salir sin tocar ningún timbre, sin usar ninguna llave, sin pedir ningún permiso, con la  libertad de un amigo o de una madre.

    Como esa puerta, cada día quiero ser visitado por el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, ese sol que brilla tanto en el Sur como en el Norte de nuestro planeta, nuestra misma casa, “utasa”.

    Las columnas de la puerta del sol tienen labradas en su superficie caras de peces, pumas y cóndores que simbolizan la vida en el agua, en la tierra y en el cielo. Como esa puerta tallada, pido a Dios que tatúe mi recuerdo con cada rostro, con cada nombre. Especialmente le pido que grabe en mi memoria a tantas “wawitas” transportadas en el aguayo de sus madres, sin miedos ni preocupaciones, rebosantes de alegría y confianza, en la certeza de estar en buenas manos.

    Las columnas sostienen la parte horizontal de la puerta, que es la principal. En su centro se sitúa el dios Virachocha, que representa lo más sagrado de estas tierras. Junto con él llevo mi respeto por este pueblo milenario lleno de creencias y culturas, tradiciones, costumbres y palabras que no he terminado de comprender pero que admiro profundamente.

    A los dos lados de Viracocha están los “chasquis” voladores, mensajeros divinos que escuchan y obedecen al dios llevando su mensaje a todos los rincones, caminando y volando, saliendo y regresando, para hablar a la tierra de su creador y al creador de sus criaturas. Como un chasqui volador, yo también salgo con una nueva misión que incluye comunicar en otras tierras al Dios que con ustedes he contemplado, escuchado y amado.

    Finalmente, la puerta del sol está partida. Tiene una gran grieta desde los tiempos de la conquista. Esa herida en la piedra es soplada cada día por el aire del altiplano, silencioso o huracanado, fresco o suave, una visita que nunca falta. Quiero que mi corazón, como la puerta, lleve esa herida que nunca cicatrice, por donde soplen como ráfagas de viento sus dolores y temores y, como brisa que acaricia, sus alegrías y esperanzas.

    Con gratitud a cada uno de ustedes, me despido hasta cuando Dios quiera.

    Como esa puerta, cada día quiero ser visitado por el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, ese sol que brilla tanto en el Sur como en el Norte de nuestro planeta, nuestra misma casa, “utasa”.

     


    Alfonso LópezComunidades Adsis