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En Portoviejo (Ecuador) vivimos cada día abiertos a la acción del Espíritu. Resaltamos el cada día porque es ahí, en la vida cotidiana donde vivimos nuestro ser adsis. 

por Juan Escalera

Conscientes de nuestra pobreza y pequeñez (y no solo en número) ante las exigencias y reclamos que experimentamos de continuo; ante la situación de tantos jóvenes y pobres que nos sobrepasa,  es la oración diaria, personal y comunitaria la que nos sostienen, iluminan y fortalece. En ella, en un acto sencillo nos disponemos juntos a recuperar cada día, nuestra verdadera identidad: la conciencia de que somos hermanos y hermanas, hijos e hijas del mismo Padre. Que seguimos siendo llamados, desde lo que somos, a ofrecer una comunidad fraterna y solidaria al servicio de jóvenes y pobres. En la oración de cada día, desde el silencio, la escucha de la Palabra, la comunicación de lo que el Señor va haciendo en cada uno/a, recuperamos la esperanza, la alegría de ser y vivir la vocación, la certeza de que más allá de nuestros esfuerzos, es el Señor quien actúa y quiere hacerse presente en nuestra historia e incluso a veces, a través nuestro. Y qué alegría cuando percibimos que así es desde los pequeños gestos, actitudes y servicios en los que él nos involucra. Experimentamos como más allá de las dificultades, fracasos, conflictos, impotencias y tristezas que vivimos,  nuestra vida es algo más. Hay como una Presencia que nos alienta y abraza que nos hace vivir relativizados, sabiendo que todo eso es parte de la vida que no se resuelven con voluntarismos y solo esfuerzos, sino dejándonos hacer por aquél que nos va liberando más allá y por encima de nuestro esfuerzo

 Para leer el artículo completo haga clic en "descargar". Artículo original: Revista Presencia nº 26

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Seccion: Portoviejo