Fortuna. La película sobre la iglesia hospital de campaña

 

Homenaje a la dignidad de los menores refugiados

 

El fotógrafo de prensa Germinal Roaux se pasa al cine y nos ofrece una maravilla. Para los que acogemos a personas sin hogar nos obsequia con un precioso regalo que emociona espiritualmente y confirma socialmente. Porque “Fortuna” es un homenaje a la dignidad y fortaleza de los tres veces pequeños: por pobres, por niños y por estar abandonados. Además es una propuesta real y visible de la iglesia herida y manchada que acoge a los últimos de la fila siguiendo al Evangelio “sine glossa” franciscano, sin aditivos ni colorantes. Por si fuera poco, un sabio Bruno Ganz hace de su último trabajo, poco antes de su muerte, un testamento excepcional, donde la presencia ya es elocuencia.

La protagonista de esta película no es la iglesia sino una niña-joven refugiada etíope de 14 años. Ella -interpretada asombrosamente por Kidist Siyum que ya apareció en Efraín (2005)- entró con sus padres por Lampedusa pero allí perdió contacto con ellos. Vino a parar a un monasterio donde una comunidad de religiosos de Grand-Saint-Bernard y algunos educadores acogen realmente a grupos de refugiados. Allí a 2.473 metros de altura en la frontera alpina entre Suiza e Italia colgados entre el cielo y la tierra algunos sin papeles han sido acogidos en esta especie de Arca de Noé en medio del diluvio de la huida.

Realizada en blanco y negro sostiene una gran belleza formal hecha del contraste entre el frío ambiental que produce desolación y la calidez humana de los rostros, las miradas y sobre todo la sonrisa tan fuerte como ingenua de la pequeña heroína. La luz se va desvelando en una trama donde desde los grises y la niebla se alcanza a ver el esplendor de un alma que asoma en medio de las dificultades con una inmensa grandeza.

Con fuerte contenido social muestra las aporías de hospitalidad -dixit Derrida- de una Europa fría que se vuelve insensible ante las solicitudes de protección de tantos refugiados reales no reconocidos. Y la llegada de tantos africanos de los que el cineasta Roaux nos dice: “Quería mostrar esta energía, esta fuerza, esta conexión con lo real, así como este vínculo con la naturaleza y el mundo que también te permite recargar tus baterías”.

 

Fortuna es una película espiritual en el sentido más pleno. La protagonista posee una mística que se fragua en sus escapadas de oración ante un icono de María-Madre de Dios y que se despliega en la fuerza de la Vida que la joven porta en su seno en una novedosa virginidad.

El hermano Jean-Bruno Ganz será un verdadero guía espiritual para el espectador que descubre todo el sentido de la hospitalidad evangélica. Frente a las dificultades no resuelve, pero muestra la lucidez del que ve más allá porque tiene una mirada traspasada por la fe que se convierte en un resorte ético que posee poder de persuasión. Su protagonismo no será guiar a la joven sino más bien mostrar las posibilidades de lo que alumbra en su interior, de forma mucho más lúcida que la lógica sensata de los servicios sociales.

Una película que ningún creyente debe perderse y ninguna persona inquieta por el dolor humano debe desaprovechar.