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Me preocupa el despilfarro alimentario. Desde principios de esta década se está generando mucha información para denunciarlo. Así, ya sabemos que entre un 30 y un 50% de los alimentos producidos acaban en la basura; sabemos también que si el desperdicio de alimentos fuera un país, sería el tercer mayor emisor de gases de efecto invernadero; y que todo esto sucede mientras 815 millones de personas pasan hambre y el planeta sigue calentándose.

Pero no solo me preocupa la cantidad de alimento que no se aprovecha, también me preocupa, y mucho, el tratamiento que se hace de esta cuestión. Pareciera que solo hay dos culpables: al inicio de la cadena alimentaria, las y los agricultores que tiran sus tomates y mandarinas para que suban los precios y forrarse, y en el otro extremo, las y los consumidores, una pandilla de derrochadores sin conciencia. El actor que los conecta, los supermercados, sale prácticamente inmune.

Los datos que se manejan no son fiables, nadie audita el porcentaje que lanzan los supermercados pero no solo se trata de quién despilfarra más sino de qué factores lo provocan. Y es ahí donde queda claro que, en este sistema alimentario actual, el poder que ejercen los supermercados como amos y señores de la distribución, es el mayor responsable del problema.

Por un lado, porque marca los precios al sector productivo, tan bajos, que finalmente a este no le sale a cuenta ni vender, o bien porque marca estándares muy rigurosos que, como me contaba un payés de El Prat, provocó que ningún súper le comprara una magnífica campaña de calabazas por ser más grande de la norma. Por otro, porque además de haber hecho desaparecer al pequeño comercio donde era fácil comprar al detalle, cantidades precisas y sin envases, es un estimulador nato del compre dos y llévese tres o del paquete maxiahorro que, o no acabamos consumiendo o nos enferma de obesidad.

Tantas campañas centradas en culpabilizarnos no creo que sea casual. Con el alma en un puño cuando tenemos que tirar comida, nos cuesta mucho señalar con el dedo que la inmoralidad está básicamente en el sistema y sus grandes beneficiados. Nos tiembla el pulso si queremos explicar que la basura llegó de la mano de la alimentación industrial. Además, ver que la verdura y la fruta es algo que se puede echar a perder, de alguna manera, les está haciendo perder valor y lo que gana reconocimiento y adeptos es el alimento procesado que “nunca caduca”. Y ya verán como en breve tendremos campañas de la industria alimentaria con “alimentos contra el despilfarro” o nuevos transgénicos para obtener frutas y verduras no perecederas.

Pero si hay alimentos inmortales es porque no están vivos. Es una alimentación que se aprovecha del miedo a la muerte, en lugar de re-enseñarnos que es la muerte la que nutre la tierra de materia orgánica donde crecerán nuevos alimentos en un círculo infinito y virtuoso. Las campañas contra el despilfarro deberían centrarse en promover otra manera de consumir, con alimentos frescos, ecológicos, de proximidad.

Mortales y que deben volver a la tierra.

Fuente original: Palabreando

 

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Pedro Jiménez

Biólogo y cura Adsis