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He participado en un encuentro con jóvenes universitarios en torno a la actual coyuntura del proceso electoral. Y uno de ellos, me preguntó: “¿Por qué tenemos que ser éticos?”.

De pronto me di cuenta de que hay mucha gente que da por supuesto que tenemos que ser buenos, honestos y veraces, que tenemos que actuar con honradez y con justicia. Me pareció fantástico que alguien cuestione lo que damos por sentado. Chico listo.


La pregunta del joven, aparentemente simple e inocente, tiene su fondo, y merece la pena profundizar… Lo más fácil hubiera sido decir que el hombre en su esencia es así, ético y recto, que es lo que Dios quiere para cada uno de nosotros, pero la cosa no está tan clara: hay hombres buenos, comprometidos con el bien y la justicia, pero hay otros que actúan sin escrúpulos, buscando su interés a cualquier precio.

¡Ojalá que la bondad fuera como la fuerza de la gravedad, de la que nadie se puede escapar! Pero la cosa no funciona así: el hombre también puede elegir el mal, hacer daño, robar, ser corrupto y sinvergüenza.
Quizá, incluso, mucha gente piensa, al amparo de la cultura dominante, que ser ético no merece la pena. Muchas veces ser bueno y honesto, generoso y solidario, nos complica demasiado la vida.

¿Recuerdan al buen samaritano? Acabó perdiendo tiempo y dinero, que nunca recuperó, por un desconocido, por alguien de quien no sabía ni su nombre. ¡Mal negocio! Además, la honestidad nos exige renuncias que no siempre nos permiten aprovechar las oportunidades que el cargo o el negocio nos brindan… 
 ¿Por qué actuar éticamente? Sinceramente, no tengo una respuesta redonda ni consistente, humanamente hablando. Sólo sé que quien actúa éticamente no lo hace por dinero, ni por prestigio, ni para ganar puntos delante de Dios o de los hombres. Siento que actúa así porque, de no hacerlo, no sería él mismo. Hay una llamada interior que le “obliga” a actuar de forma justa, desinteresada, solidaria y gratuita. La bondad o es gratuita o no es bondad.

La codicia todo lo calcula; la bondad ignora los beneficios o el precio que hay que pagar. ¿Se dan cuenta? La ética es un movimiento del corazón que no se puede ubicar en la lógica mercantil.
Ojalá que nuestros políticos (o quienes se postulan para administrar los negocios de la república) comprendan y cambien el corazón de piedra por un corazón de carne, por un corazón ético.

Ojalá que comprendan que ser buenos administradores, justos y honestos, no es una opción posible. Es una exigencia del corazón que no nos permite vivir o actuar de otra manera, incluso cuando tenemos la certeza de que es imposible que nos pillen. En realidad, los malos hace tiempo que perdieron la vergüenza. En cambio, los buenos siempre viven intranquilos, saben que, a pesar de que la vida se les complique, pueden hacer algo más a favor de los demás. Esta es la diferencia. Y no es poca.

Julio Parrilla. Obispo de Riobamba.
Fuente original:  Diario EL COMERCIO