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No son pocas las inquietudes y las lecciones que emergen de la pandemia. Una, es acerca de nuestro modo de habitar la Casa Común, esta Madre Tierra que nos acoge y a la que tantas veces, como niños maleducados, maltratamos. Siento que llegó la hora de cuestionar algunas cosas: el consumismo, el despilfarro, la acumulación innecesaria y, sobre todo, la indiferencia ante el dolor de los pobres. De la mano de Cáritas me ha tocado en este tiempo seguir muy de cerca la dura realidad de aquellos que, por un trozo de pan para sus hijos, no querían saber nada de cercos epidemiológicos o cuarentenas.

Entre los pliegues del desorden aparecía con fuerza el desajuste y la inequidad de nuestra sociedad, la pobreza rampante de millones de ecuatorianos abocados a una vida miserable. También yo, aunque no me faltara, he luchado por el pan, agradecido con tantas personas, empresas e instituciones que han hecho y siguen haciendo maravillas para poder compartir. Pero no sólo he luchado por el pan. He luchado también por la esperanza, sembrando por medio de la palabra no ilusiones (que no está el horno para esos bollos) sino un poco de sentido en medio de la oscuridad. Lo he hecho desde la fe en Jesús pero, también, desde la confianza en el hombre, en su inmensa capacidad de resistencia y de lucha. Este es el tiempo de la confianza en Dios, pero lo es también de la solidaridad social, de la corresponsabilidad y de la compasión.

Me conmovieron las palabras de Macron, presidente de Francia, proveniente del mundo de las finanzas: “Mañana tendremos que sacar lecciones de este momento, cuestionar nuestro modelo de desarrollo, nuestra débil democracia, pero lo que revela esta pandemia es que la salud gratuita, más allá de lo que uno gana o de aquello a lo que se dedica, lejos de ser una carga, es un bien precioso, que debe quedar fuera de las leyes del mercado”. Hay cosas, como el bienestar de nuestro pueblo, que no se pueden, no se deben de mercantilizar.

La codicia y la soberbia, a estas alturas, deberían de estar por los suelos. Ojalá comprendamos el valor de la salud para todos, la necesidad de un sistema sanitario que no tenga que mendigar medicinas ni respiradores. Y, sin embargo, la serpiente de la corrupción también se nos coló ahí. Unos se olvidaron de la honradez; ot  ros, de la inevitable interdependencia de todos con todos a la hora de vivir y sobrevivir. La periodista Naomi Klein dijo: “El coronavirus es el perfecto desastre para el capitalismo del desastre”. Sobre explotando la Tierra y sobre explotando al hombre nos exponemos todos (también los explotadores) a destruir la vida y cuanto amamos y a padecer los castigos merecidos que la naturaleza nos imponga. Cuidemos la Tierra, cuidemos al hombre y no olvidemos que antes que cliente, número o siervo, el hombre es hermano.
 

Fuente Original. El comercio